Mientras se hamaca la boya

Julio César Pupo “El Hachero”

 Escribió bajo este seudónimo durante muchos años en Mundo Uruguayo, El País. La Tribuna Popular, Pelo Duro, Fútbol-Actualidad, Marcha y otros periódicos y revistas.  Publicó Crónicas del Hachero (Editorial Nueva América), Ese mundo del bajo (Editorial Arca), Nueve contra once (Editorial Arca 1976).

       Uno se pone a pensar un poco en su propia inconstancia para con todas las cosas de este mundo y forzosamente debe sentirse alegre y satisfecho por haber nacido tan reo.

     Uno -aclaro-, de los que no aspiramos al agradecimiento de na-die, ni a consagración alguna. Es un atributo divino eso de poder despreciar hoy, lo que ayer nos apasionó y ser indiferente hacia lo que nos retuvo esclavizados en otro momento.

     Lo es, porque nos proporciona una libertad de espíritu de incalculable valor.

       Yo pensaba esto, con la mirada fija en la boyita que se acuna sobre las aguas apenas temblorosas del puertito del Buceo.

       Ya se sabe que el mar, cuando se le mira, despierta toda clase de sugestiones.

     Está -seguía en mis pensamientos- el caso de los jugadores brasileños.

     Aquí pasó una racha de verdadero apasionamiento por los norteños. Todo era para ellos. Estaban de moda.

     Y ante eso, ¿quién podía pensar que apenas un año más tarde todo se viniera abajo?

     Porque realmente era aquel un entusiasmo del que nadie escapó. Ni nosotros, desde luego.

     Ahora verán.

 Seu Banana

      El recuerdo fluye fácilmente, aquí en la costa, con los pies desperezándose como cangrejos abajo del agua, y la boyita cabeceando como borracha frente a los ojos.

     Ahora verán.

     Una tarde cayó a la redacción del diario un sujeto que jamás habíamos visto.

     Se anunció como Seu Banana y enseguida cinco cabezas brotaron en el marco de la puerta, para ver llegar hasta nuestro box, con el pasete retobado de un caballo de carro fúnebre, la figura maciza y bien dotada de un pardo liviano.

     Las cabezas se escondieron de golpe y entró el tipo.

     Era Banana, jugador brasilero, que venía de San Carlos con una recomendación para que Duhart lo hiciera entrar en Nacional.

     Quería que le facilitáramos la gestión.

     -¡Cómo no! ¡Con mucho gusto!

     Banana se quitó el sombrero y como no vio un lugar donde ubicarlo, se lo puso en la cabeza. Tenía, además, un poco de olor a caña.

     Y por todos estos detalles, adivinamos en seguida que el hombre era bueno.

     Por otro lado, él mismo nos entusiasmó con sus palabras. Sin falsa modestia, francamente, nos dio explicaciones sobre sus características de juego, su temperamento y técnica particular.

     No sé escribir en brasilero. Por eso no lo hago. Pero recuerdo perfectamente, porque lo repitió muchas veces, este párrafo categórico:

     -Si Domingos yoga eu yogo; si Domingos e bon, eu so bon.

     Después, con el meñique se escarbó el oído, limpiándose la cerilla de la uña con el filo de un clisé.

     No había duda; el tipo era bueno.

       La boya sigue tambaleándose. Debe estar borracha de sueño.

 Rumbo al Parque

      Los preparativos fueron rápidos. La idea de introducir en plaza un valor nuevo, cuya primicia nos correspondía, sin duda, agilizaba los nervios.

     Cinco o seis marchamos con él rumbo al Parque Central. Lo cuidábamos celosamente. En el medio del cortejo, marchaba Banana con su pasete falso, balanceando el lomo duro y asomada su cabeza sobre las nuestras como un gigante de carnaval. De cuando en cuando, inflaba los cachetes para soplar violentamente un salivazo, que hacía un desparramo a su alrededor. Después, volvíamos a juntarnos, revisándonos las ropas a ver a quién había alcanzado el impacto.

     Ibamos locos de contentos con Seu Banana al centro. Como chiquilines, talmente.

     En el tranvía, el hombre, desaprensivo como era, sacó media res fuera de la ventanilla y cada auto que pasó cerca nos hizo parar las patillas.

     Hasta que llegamos, por fin. Llegamos al Parque en aquella tardecita lluviosa, cálida, que sería histórica.

 Banana nos da la primera satisfacción

      Agarró Banana para el vestuario seguido por uno de los nuestros. Los demás nos ubicamos en el Palco.

     ¡Qué espera tan angustiosa, señor! Eso era un bochorno.

     De repente vemos venir, rápido, misterioso, jadeante a nuestro compañero.

     -¿Y? ¿Qué hay?

     En voz baja que estrangulaba la emoción, nos silbó en el oído:

     -Por lo pronto se sabe atar los botines.

     Nos miramos mudos. Nos pasamos una guiñada de inteligencia y quedamos siempre serios y silenciosos.

     Aquello se ponía terrible. ¡De verdad que sí!

       La boyita tiene un estremecimiento nervioso. Se hunde, traga agua y sale hinchada y brillante.

 Banana en la cancha

      Con la ropa de football nuestro querido Banana era realmente formidable. Ese hombre, en la zaga -porque era back- debía ser una muralla. Con cariño y admiración crecientes lo vimos pasar a nuestro lado y alejarse a tomar posesión del puesto. Crujían las piedritas bajo sus pies. Se acercaba la prueba. El corazón, en un baile loco, nos golpeaba las costillas.

La táctica de Banana

     Efectivamente, Banana, nuestro Bananita, tenía su táctica propia. De entrada, no más, lo vimos.

     El juego estaba en el ala Nevicate-Suárez, allá por el medio de la cancha. No podían avanzar y se entretenían en hacer chiches. Una cosa exasperante. Banana debió experimentar igual sensación. Pues de repente abandona la zaga y sale como alma que lleva el diablo a conjurar la situación. Seguimos emocionados la impetuosa carrera. Pero estuvo imprudente en su ensayo. Allí le pasaron la guinda por entre las piernas y él, embalado como iba, quiso tirarse y patinó como veinte metros sentado en la pelota. Era un ferrocarril. Entonces cambió de táctica. En vez de atropellar, esperó. Sin embargo esperó mucho y en ese juego de tuya y mía, se atoró. Quiso marcar a los dos hombres al mismo tiempo y se le hizo un nudo en las piernas. Cayó. Con todo, Banana era hombre de recursos y esta vez encontró distinta solución. Ya no avanzó ni esperó; empezó a retroceder.

     Agazapado, reculando, era un imponente animal salvaje que cubría su nido. La llovizna había desalineado sus crines y los brazos abiertos, como paréntesis, casi tocaban el suelo.

     Banana retrocedía, sí, pero agresivo y soberbio.

     Hasta que lo apuraron. Entonces, en una rápida carrerita hacia atrás se dio de lomo contra un palo del goal y quedó ahí duro, dormido, con el mentón sobre el pecho y las piernas enredadas como vermichelis.

     La gente deliraba de placer. Algunos se retorcían en el suelo, otros saltaban con los brazos abiertos; otros sacudían el alambrado como monos prisioneros.

     Uno a uno fuimos abandonando el Parque. De lejos, se vio como sacaron arrastrando el cuerpo exánime del malogrado Banana.

 A la orilla del mar

      En la costa acuden todos estos recuerdos. Algunos afortunados, otros no. Acuden libremente, sin control, mientras la boyita se balancea. De lejos, el sordo Materia me pega un grito burlón que desgarra la tranquilidad del mediodía.

     Una gaviota me escupe la boya.

     Después, otra vez la calma y el recuerdo de Banana fundiéndose, grande y silencioso, en el horizonte azul.

            ¡Seu Banana...!

 El habitante 

“El Habitante”, Luis Martínez debutó en la primera divisional de Nacional contra Universal el 29 de julio de 1223, con un triunfo de 3 a 0. Jugó 71 partidos hasta el año 1929.

      La invasión del Estadio por la mujer había apitucado a Nacional. Caprichosa concurrencia de voces femeninas, la novedad de los pañuelitos blancos volando como mariposas en las tribunas y, en los labios de ellas todos los nombres terminaban en ito, cuando aparece en la línea media la rústica y singular figura de Luis Martínez, el Habitante. Alto, enjuto, endurecido por la intemperie; su cara sin expresión que parece hecha de palo -no de madera, que seria distinto-, hasta su mismo apodo sugiere clandestinidad y misterio. Habitante de la Cancha de los Güesos, Larrañaga y Ramón Anador; al lado, una laguna fangosa, y a espaldas de la Escuela Veterinaria, hace cuarenta y tantos años era de los lugares donde los hombres probaban su coraje, cruzándola de noche. Allí, en una casilla de lata, vivía el negro Gancho, entre sus perros hambrientos y los huesos de los animales que él mismo faenaba para las bestias de Villa Dolores caballos en su casi totalidad- y los que utilizaban los estudiantes en sus prácticas. También él, enigmático, callado como una sombra, vestido de trapos rotos, siempre desnudos sus pies enormes. Ahora, arregladita y pulcra, rodeada de ligustros, esa cancha pertenece a Salud Pública; antes, separada de la calle sólo por un hilo de alambre y unida a ella por el mismo barrizal, era de Solferino, el cuadrito surgido de Rivera y Miguel Barreiro. Había allí una panadería; terminada su jornada diaria, el patrón cerraba las puertas y reunía a los amigos alrededor de una pizza elaborada por él mismo. La pequeña dificultad de darle nombre se solucionó con el almanaque:

     -Hoy se cumplen años de la batalla de Solferino -apuntó alguien, y así se llamó el cuadro que más tarde contara en sus filas con elementos como Alvaro Gestido, Denis, el zurdo Aguiar, el Habitante Martínez, en distintas épocas.

     Martínez llegó a Nacional por el año 33. Pese a su aspecto arriscado y duro no pudo evitar que su nombre fuera incorporado a los itos y así comenzó a ser Luisito. En esos días tallaban en el puesto jugadores tan difíciles de superar como Magno, Faccio, Andreolo, Chifflet. Pero el club se ve enfrentado a problemas y tiene que recurrir al Habitante. Se le concede la primera chance casi al final de la temporada y al año siguiente, 1934, puede considerarse titular y su nombre alcanza enorme popularidad al darle el empate a su club nada menos que contra Peñarol: 1 a 1. Martinez se pone en boga; su nombre es coreado por labios de mujeres, que son precisamente las que imponen las modas; el Habitante es casi un amuleto. Pero el fútbol paga muy mal esa deuda que contrae con sus defensores más consecuentes y un día el hombre no rinde lo que se exige y ahí nomás, en su propia cara, sin disimulos de ninguna clase, se manda buscar un reemplazante y, siempre adelante suyo, viene a producirse la situación que no quisiera atravesar nunca, de «ver que a tu lado se prueban la ropa que vas a dejar». Este sustituto era el brasileño Fausto.

     El viejo Parque Central vivía una mañana tensa de curiosidad y de duda, aquel otoño de 1935; allí estaba a prueba ese negrito de cara de mono y piel de elefante, que vendría a solucionar el grave asunto del centrojás. Luis Martínez estaba también allí, en uno de los bandos, y en su alma inocente y medio salvaje debe haberse despertado un instinto primitivo de conservación. Siempre fue peleando que el hombre consiguió algún derecho y, frente a ese usurpador que, sin pelear, por simple convenio hablado o escrito venía a desplazarlo, habrá sentido el impulso atávico de disputarle pecho contra pecho el privilegio. Es así que, ni bien lo tiene a tiro, le manda un hachazo como para dividirlo en dos. El macaco viejo abrió los ojos, asombrado ante el expresivo mensaje, y sonrió, tal vez burlón, quizás para hacerse simpático. Pero el rostro imperturbable del Habitante no movió un músculo. La sonrisa rebotó y, como quien dice, fue al óbol; la guerra estaba declarada francamente entre el indio y el conquistador. Primitivo, torpe, feroz, aquel; hábil, maniobrero, inteligente, el extranjero. Cada vez que recibió la pelota, Martínez fue en procura del rival. La peinó, la hizo picar, lo invitó, lo buscó al otro que, lo mismo que todos los que presenciamos la pugna, adivinaba sus propósitos y lo evitaba. Hasta que se encontraron en una acción decisiva. Agil, fino, se adelantó el morenito en campo del criollo. Parecía una victoria; la pelota apenas tocaba sus pies. Era la oportunidad para salirle, pues. Y arrancó el Habitante en una atropellada furiosa, de toro, removiendo la tierra con las pezuñas, reboleando desde lejos esa pierna de palo que parecía dormida, dura como una cachiporra. Se levantó una espesa nube de polvo en la que desaparecieron las figuras. De ella surgió limpio, elegante, casi alado, el moreno con la pelota dominada en los pies, en tanto Martínez quedaba ahí, pegado de barriga en el suelo, los ojos desencajados, una mueca de consternación y dolor. Algunos rieron, pero otros sintieron la intensidad del drama del indio frente al usurpador. Luis había tomado una actitud franca, llana, como todas las suyas, como la que adoptara en aquel nocturno en el mismo año, contra Gimnasia y Esgrima, aunque de distinto sentido.

     Marcó un gol cuando iban perdiendo por dos y la gente pareció no creer lo que estaba viendo. Corrió desesperado a buscar el abrazo de sus compañeros que también, sin salir de su asombro, medio le quitaban el cuerpo, como si estuviera loco, hasta no ver sancionado el tanto por el juez. Recién entonces se prodigaron en felicitaciones. Nadie podía prever lo que iba a ocurrir seguidamente; el partido se había puesto pesado, los hombres, a desgano, apenas hacían por la riña y el público cambiaba de asiento, que es la señal más cierta de aburrimiento. En ese descarte, Martínez recibe un pase, y él -probablemente el único que todavía tomaba en serio la lucha- manda un taponazo con alma y vida, sin medir la dirección, y la pelota se va a las nubes. Pareció que ese redondel blanco llegaba a los reflectores y los sobrepasaba y se sumía en la negrura del cielo. Algunos levantaron la cabeza para verlo bajar; era como una luna de teatro. Cuando volvimos a interesarnos fue que se produjo lo imprevisible: el golero sale a recibir esa luna, ella le pega en los dedos, los vence y se desvía hacia adentro del arco, fugaz como un aerolito. El Habitante, lo mismo que todos, miró eso, confundido, azorado. Recién después que sonó el pito y el referee señaló el centro del campo, se convenció de la verdad y levantó los brazos, dio un par de brincos en el aire y perdió pie y zambulló de cara en el suelo. Ya no pudo seguir jugando; tuvo que abandonar. Una vez más se había expresado el alma sencilla, ingenuota, del extraño Habitante de la cancha ‘e los güesos.

     Esa noche hubo comida en el rancho de Anador y Propios. Los que vichaban desde la calle esperaban que el jugador de moda estaría rodeado de esos amigos vocingleros, de cuello y corbata, que nunca faltan a los cracks. Pero no: ahí, en un silencio casi religioso, sentados uno en la cama, otro en un cajón, otro en el piso, estaban tres o cuatro lanudos, alumbrados más por la luz del primus que por la débil lamparita eléctrica, con la cara entre las manos, esperando que terminara de cocinarse una tortilla de cuatro dedos de alto, para festejar, sacándose el hambre, al buen camarada de la Cancha de los Güesos.

 Publicado en el Semanario Marcha, 20/6/64