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Mientras
se hamaca la boya Julio
César Pupo “El Hachero” |
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Uno -aclaro-, de los que no aspiramos al agradecimiento de na-die, ni
a consagración alguna. Es un atributo divino eso de poder despreciar hoy,
lo que ayer nos apasionó y ser indiferente hacia lo que nos retuvo
esclavizados en otro momento. Lo es,
porque nos proporciona una libertad de espíritu de incalculable valor.
Yo pensaba esto, con la mirada fija en la boyita que se acuna sobre
las aguas apenas temblorosas del puertito del Buceo. Ya
se sabe que el mar, cuando se le mira, despierta toda clase de sugestiones.
Está
-seguía en mis pensamientos- el caso de los jugadores brasileños.
Aquí pasó una racha de verdadero apasionamiento por los norteños.
Todo era para ellos. Estaban de moda.
Y ante eso, ¿quién podía pensar que apenas un año más tarde todo
se viniera abajo?
Porque realmente era aquel un entusiasmo del que nadie escapó. Ni
nosotros, desde luego.
Ahora verán. Seu Banana
El recuerdo fluye fácilmente, aquí en la costa, con los pies
desperezándose como cangrejos abajo del agua, y la boyita cabeceando como
borracha frente a los ojos.
Ahora verán.
Una
tarde cayó a la redacción del diario un sujeto que jamás habíamos visto.
Se anunció como Seu Banana y enseguida cinco cabezas brotaron en el
marco de la puerta, para ver llegar hasta nuestro box, con el pasete
retobado de un caballo de carro fúnebre, la figura maciza y bien dotada de
un pardo liviano.
Las cabezas se escondieron de golpe y entró el tipo.
Era Banana, jugador brasilero, que venía de San Carlos con una
recomendación para que Duhart lo hiciera entrar en Nacional.
Quería que le facilitáramos la gestión.
-¡Cómo no! ¡Con mucho gusto!
Banana se quitó el sombrero y como no vio un lugar donde ubicarlo,
se lo puso en la cabeza. Tenía, además, un poco de olor a caña.
Y por todos estos detalles, adivinamos en seguida que el hombre era
bueno.
Por otro lado, él mismo nos entusiasmó con sus palabras. Sin falsa
modestia, francamente, nos dio explicaciones sobre sus características de
juego, su temperamento y técnica particular.
No sé escribir en brasilero. Por eso no lo hago. Pero recuerdo
perfectamente, porque lo repitió muchas veces, este párrafo categórico:
-Si Domingos yoga eu yogo; si Domingos e bon, eu so bon.
Después, con el meñique se escarbó el oído, limpiándose la
cerilla de la uña con el filo de un clisé. No había
duda; el tipo era bueno. La boya sigue tambaleándose.
Debe estar borracha de sueño. Rumbo
al Parque
Los
preparativos fueron rápidos. La idea de introducir en plaza un valor nuevo,
cuya primicia nos correspondía, sin duda, agilizaba los nervios.
Cinco o seis marchamos con él rumbo al Parque Central. Lo cuidábamos
celosamente. En el medio del cortejo, marchaba Banana con su pasete falso,
balanceando el lomo duro y asomada su cabeza sobre las nuestras como un
gigante de carnaval. De cuando en cuando, inflaba los cachetes para soplar
violentamente un salivazo, que hacía un desparramo a su alrededor. Después,
volvíamos a juntarnos, revisándonos las ropas a ver a quién había
alcanzado el impacto.
Ibamos locos de contentos con Seu Banana al centro. Como chiquilines,
talmente.
En el tranvía, el hombre, desaprensivo como era, sacó media res
fuera de la ventanilla y cada auto que pasó cerca nos hizo parar las
patillas.
Hasta que llegamos, por fin. Llegamos al Parque en aquella tardecita
lluviosa, cálida, que sería histórica. Banana
nos da la primera satisfacción
Agarró Banana para el vestuario seguido por uno de los nuestros. Los
demás nos ubicamos en el Palco.
¡Qué espera tan angustiosa, señor! Eso era un bochorno.
De repente vemos venir, rápido, misterioso, jadeante a nuestro compañero.
-¿Y? ¿Qué hay?
En voz baja que estrangulaba la emoción, nos silbó en el oído:
-Por lo pronto se sabe atar los botines.
Nos miramos mudos. Nos pasamos una guiñada de inteligencia y
quedamos siempre serios y silenciosos. Aquello se
ponía terrible. ¡De verdad que sí! La boyita tiene un
estremecimiento nervioso. Se hunde, traga agua y sale hinchada y brillante. Banana
en la cancha
Con la ropa de football nuestro querido Banana era realmente
formidable. Ese hombre, en la zaga -porque era back- debía ser una muralla.
Con cariño y admiración crecientes lo vimos pasar a nuestro lado y
alejarse a tomar posesión del puesto. Crujían las piedritas bajo sus pies.
Se acercaba la prueba. El corazón, en un baile loco, nos golpeaba las
costillas. La
táctica de Banana
Efectivamente, Banana, nuestro Bananita, tenía su táctica propia.
De entrada, no más, lo vimos.
El juego estaba en el ala Nevicate-Suárez, allá por el medio de la
cancha. No podían avanzar y se entretenían en hacer chiches. Una cosa
exasperante. Banana debió experimentar igual sensación. Pues de repente
abandona la zaga y sale como alma que lleva el diablo a conjurar la situación.
Seguimos emocionados la impetuosa carrera. Pero estuvo imprudente en su
ensayo. Allí le pasaron la guinda por entre las piernas y él, embalado
como iba, quiso tirarse y patinó como veinte metros sentado en la pelota.
Era un ferrocarril. Entonces cambió de táctica. En vez de atropellar,
esperó. Sin embargo esperó mucho y en ese juego de tuya y mía, se atoró.
Quiso marcar a los dos hombres al mismo tiempo y se le hizo un nudo en las
piernas. Cayó. Con todo, Banana era hombre de recursos y esta vez encontró
distinta solución. Ya no avanzó ni esperó; empezó a retroceder.
Agazapado, reculando, era un imponente animal salvaje que cubría su
nido. La llovizna había desalineado sus crines y los brazos abiertos, como
paréntesis, casi tocaban el suelo.
Banana retrocedía, sí, pero agresivo y soberbio.
Hasta que lo apuraron. Entonces, en una rápida carrerita hacia atrás
se dio de lomo contra un palo del goal y quedó ahí duro, dormido, con el
mentón sobre el pecho y las piernas enredadas como vermichelis.
La gente deliraba de placer. Algunos se retorcían en el suelo, otros
saltaban con los brazos abiertos; otros sacudían el alambrado como monos
prisioneros.
Uno a uno fuimos abandonando el Parque. De lejos, se vio como sacaron
arrastrando el cuerpo exánime del malogrado Banana. A
la orilla del mar
En la costa acuden todos estos recuerdos. Algunos afortunados, otros
no. Acuden libremente, sin control, mientras la boyita se balancea. De
lejos, el sordo Materia me pega un grito burlón que desgarra la
tranquilidad del mediodía.
Una gaviota me escupe la boya.
Después, otra vez la calma y el recuerdo de Banana fundiéndose,
grande y silencioso, en el horizonte azul.
¡Seu Banana...! El habitante “El
Habitante”, Luis Martínez debutó en la primera divisional de Nacional
contra Universal el 29 de julio de 1223, con un triunfo de 3 a 0. Jugó 71
partidos hasta el año 1929.
La invasión del Estadio por la mujer había apitucado a Nacional.
Caprichosa concurrencia de voces femeninas, la novedad de los pañuelitos
blancos volando como mariposas en las tribunas y, en los labios de ellas
todos los nombres terminaban en ito, cuando aparece en la línea media la rústica
y singular figura de Luis Martínez, el Habitante. Alto, enjuto, endurecido
por la intemperie; su cara sin expresión que parece hecha de palo -no de
madera, que seria distinto-, hasta su mismo apodo sugiere clandestinidad y
misterio. Habitante de la Cancha de los Güesos, Larrañaga y Ramón Anador;
al lado, una laguna fangosa, y a espaldas de la Escuela Veterinaria, hace
cuarenta y tantos años era de los lugares donde los hombres probaban su
coraje, cruzándola de noche. Allí, en una casilla de lata, vivía el negro
Gancho, entre sus perros hambrientos y los huesos de los animales que él
mismo faenaba para las bestias de Villa Dolores caballos en su casi
totalidad- y los que utilizaban los estudiantes en sus prácticas. También
él, enigmático, callado como una sombra, vestido de trapos rotos, siempre
desnudos sus pies enormes. Ahora, arregladita y pulcra, rodeada de
ligustros, esa cancha pertenece a Salud Pública; antes, separada de la
calle sólo por un hilo de alambre y unida a ella por el mismo barrizal, era
de Solferino, el cuadrito surgido de Rivera y Miguel Barreiro. Había allí
una panadería; terminada su jornada diaria, el patrón cerraba las puertas
y reunía a los amigos alrededor de una pizza elaborada por él mismo. La
pequeña dificultad de darle nombre se solucionó con el almanaque:
-Hoy se cumplen años de la batalla de Solferino -apuntó alguien, y
así se llamó el cuadro que más tarde contara en sus filas con elementos
como Alvaro Gestido, Denis, el zurdo Aguiar, el Habitante Martínez, en
distintas épocas.
Martínez llegó a Nacional por el año 33. Pese a su aspecto
arriscado y duro no pudo evitar que su nombre fuera incorporado a los itos y
así comenzó a ser Luisito. En esos días tallaban en el puesto jugadores
tan difíciles de superar como Magno, Faccio, Andreolo, Chifflet. Pero el
club se ve enfrentado a problemas y tiene que recurrir al Habitante. Se le
concede la primera chance casi al final de la temporada y al año siguiente,
1934, puede considerarse titular y su nombre alcanza enorme popularidad al
darle el empate a su club nada menos que contra Peñarol: 1 a 1. Martinez se
pone en boga; su nombre es coreado por labios de mujeres, que son
precisamente las que imponen las modas; el Habitante es casi un amuleto.
Pero el fútbol paga muy mal esa deuda que contrae con sus defensores más
consecuentes y un día el hombre no rinde lo que se exige y ahí nomás, en
su propia cara, sin disimulos de ninguna clase, se manda buscar un
reemplazante y, siempre adelante suyo, viene a producirse la situación que
no quisiera atravesar nunca, de «ver que a tu lado se prueban la ropa que
vas a dejar». Este sustituto era el brasileño Fausto.
El viejo Parque Central vivía una mañana tensa de curiosidad y de
duda, aquel otoño de 1935; allí estaba a prueba ese negrito de cara de
mono y piel de elefante, que vendría a solucionar el grave asunto del
centrojás. Luis Martínez estaba también allí, en uno de los bandos, y en
su alma inocente y medio salvaje debe haberse despertado un instinto
primitivo de conservación. Siempre fue peleando que el hombre consiguió
algún derecho y, frente a ese usurpador que, sin pelear, por simple
convenio hablado o escrito venía a desplazarlo, habrá sentido el impulso
atávico de disputarle pecho contra pecho el privilegio. Es así que, ni
bien lo tiene a tiro, le manda un hachazo como para dividirlo en dos. El
macaco viejo abrió los ojos, asombrado ante el expresivo mensaje, y sonrió,
tal vez burlón, quizás para hacerse simpático. Pero el rostro
imperturbable del Habitante no movió un músculo. La sonrisa rebotó y,
como quien dice, fue al óbol; la guerra estaba declarada francamente entre
el indio y el conquistador. Primitivo, torpe, feroz, aquel; hábil,
maniobrero, inteligente, el extranjero. Cada vez que recibió la pelota,
Martínez fue en procura del rival. La peinó, la hizo picar, lo invitó, lo
buscó al otro que, lo mismo que todos los que presenciamos la pugna,
adivinaba sus propósitos y lo evitaba. Hasta que se encontraron en una acción
decisiva. Agil, fino, se adelantó el morenito en campo del criollo. Parecía
una victoria; la pelota apenas tocaba sus pies. Era la oportunidad para
salirle, pues. Y arrancó el Habitante en una atropellada furiosa, de toro,
removiendo la tierra con las pezuñas, reboleando desde lejos esa pierna de
palo que parecía dormida, dura como una cachiporra. Se levantó una espesa
nube de polvo en la que desaparecieron las figuras. De ella surgió limpio,
elegante, casi alado, el moreno con la pelota dominada en los pies, en tanto
Martínez quedaba ahí, pegado de barriga en el suelo, los ojos
desencajados, una mueca de consternación y dolor. Algunos rieron, pero
otros sintieron la intensidad del drama del indio frente al usurpador. Luis
había tomado una actitud franca, llana, como todas las suyas, como la que
adoptara en aquel nocturno en el mismo año, contra Gimnasia y Esgrima,
aunque de distinto sentido.
Marcó un gol cuando iban perdiendo por dos y la gente pareció no
creer lo que estaba viendo. Corrió desesperado a buscar el abrazo de sus
compañeros que también, sin salir de su asombro, medio le quitaban el
cuerpo, como si estuviera loco, hasta no ver sancionado el tanto por el
juez. Recién entonces se prodigaron en felicitaciones. Nadie podía prever
lo que iba a ocurrir seguidamente; el partido se había puesto pesado, los
hombres, a desgano, apenas hacían por la riña y el público cambiaba de
asiento, que es la señal más cierta de aburrimiento. En ese descarte, Martínez
recibe un pase, y él -probablemente el único que todavía tomaba en serio
la lucha- manda un taponazo con alma y vida, sin medir la dirección, y la
pelota se va a las nubes. Pareció que ese redondel blanco llegaba a los
reflectores y los sobrepasaba y se sumía en la negrura del cielo. Algunos
levantaron la cabeza para verlo bajar; era como una luna de teatro. Cuando
volvimos a interesarnos fue que se produjo lo imprevisible: el golero sale a
recibir esa luna, ella le pega en los dedos, los vence y se desvía hacia
adentro del arco, fugaz como un aerolito. El Habitante, lo mismo que todos,
miró eso, confundido, azorado. Recién después que sonó el pito y el
referee señaló el centro del campo, se convenció de la verdad y levantó
los brazos, dio un par de brincos en el aire y perdió pie y zambulló de
cara en el suelo. Ya no pudo seguir jugando; tuvo que abandonar. Una vez más
se había expresado el alma sencilla, ingenuota, del extraño Habitante de
la cancha ‘e los güesos.
Esa noche hubo comida en el rancho de Anador y Propios. Los que
vichaban desde la calle esperaban que el jugador de moda estaría rodeado de
esos amigos vocingleros, de cuello y corbata, que nunca faltan a los cracks.
Pero no: ahí, en un silencio casi religioso, sentados uno en la cama, otro
en un cajón, otro en el piso, estaban tres o cuatro lanudos, alumbrados más
por la luz del primus que por la débil lamparita eléctrica, con la cara
entre las manos, esperando que terminara de cocinarse una tortilla de cuatro
dedos de alto, para festejar, sacándose el hambre, al buen camarada de la
Cancha de los Güesos. Publicado en el Semanario Marcha, 20/6/64 |
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